lunes, 10 de diciembre de 2007

LECTURA FORO: OPINION

UNIDAD 2: CORRIENTES FILOSÓFICAS SOCIALES

El desarrollo histórico de cualquier sociedad entraña un proceso de estructuración filosófica; es decir, una serie de ideas que sustentan el pensamiento de los individuos en cada momento histórico. Es este pensamiento el que da las pautas a seguir en la convivencia y organización social e instituye una manera de vivir en sociedad. Por eso, la sociedad como un todo, varía en el tiempo.
En esta unidad, conocerás ejemplos de reflexión en torno al hecho social y sus efectos en la evolución de la sociedad. Recuerda que nuestro recorrido está ceñido a la sociedad occidental. Por lo tanto, hemos incluido el pensamiento que ha conformado sus características esenciales, desde sus orígenes en la antigua Grecia; luego, el pensamiento político-social, que surge a partir del siglo XVIII, (el cual retoma principios del pensamiento clásico griego) y fue nutriéndose en un largo proceso hasta confluir en la actual sociedad globalizada, bajo la égida del neoliberalismo.


LECTURA Nº 8: PLATÓN



Platón fue un filósofo griego, originario de la ciudad de Atenas, que vivió, aproximadamente, entre los años 427 a 347 a. de C. Su obra conocida como “La República”, escrita en forma de diálogo, cuyo título original es “Régimen o gobierno de la Polis”, permite catalogarlo como un verdadero reformador político y social. Su importancia radica en que ha sido fuente de inspiración de importantes corrientes filosóficas, religiosas, políticas y sociales.

SOCIEDAD Y POLÍTICA
(…) Para Platón la sociedad es el medio de vida "natural" del hombre. Si atendemos a las características de la vida humana, en efecto, podremos observar que el hombre no es autosuficiente, ni en cuanto a la producción de bienes materiales necesarios para su supervivencia, ni en cuanto a los aspectos morales y espirituales que hacen de la vida del hombre algo propiamente humano. Las tendencias que inclinan al hombre al amor, a la amistad y a la convivencia en general, son tendencias naturales, por lo que no tendría sentido pensar que el medio, necesariamente social, en el que se desarrollan, fuera algo no-natural. Esta teoría de la "sociabilidad natural" del hombre será mantenida posteriormente también por Aristóteles.
LA VIDA SOCIAL DE LOS HUMANOS
Por lo demás, forma parte de las convicciones sociales, firmemente asentadas en la época, la idea de que la vida del hombre se identifica, de alguna manera, con su vida social. El predominio de la ciudad-estado, como forma de organización de la vida social en Grecia, fortalecía el predominio de la vida comunal, hasta el punto de que difícilmente se podría concebir la vida del hombre manteniéndose ajena al Estado; no obstante, esa tendencia debía ser compatible con el individualismo, que también se manifiesta en la vida y en las tradiciones culturales griegas. De ahí las similitudes que establecerá Platón en la República entre la moral individual y la moral colectiva, o entre el gobierno de los bienes individuales y el gobierno de los bienes colectivos, que le permitirá comparar la naturaleza del hombre y la naturaleza del Estado, con el fin de avanzar en sus investigaciones. Además, hemos visto que para Platón tenía que existir el Bien en sí (la Idea de Bien), por lo que difícilmente la referencia del buen comportamiento del individuo puede ser distinta de la del buen comportamiento del Estado. Tiene que existir un único modelo de comportamiento moral. Y ese modelo ha de tener un carácter absoluto.

LA TEORÍA POLÍTICA DE PLATÓN
Platón nos expone su teoría política, - que será revisada en el Político y en Las Leyes -, en la República, obra perteneciente a su período de madurez. La República es una obra que tiene por objeto de discusión determinar en qué consiste la justicia. Consta de diez libros, que podemos agrupar en cinco partes, según los temas tratados: a) el libro primero en el que se plantea el tema de qué es la justicia, sería una especie de prólogo, al que seguirían b) los libros II, III, y IV que tendrían por objeto estudiar la justicia en la ciudad ideal, c) cuyas formas de organización, de gobierno, características de sus clases sociales, etcétera, se establecerán en los libros V , VI y VII; d) estudiando, posteriormente, los males que arrastran a las ciudades hacia la ruina, la injusticia, en los libros VIII y IX; e) terminando la obra con la condena de la poesía y de aquellas formas de arte que nos muestran una mala imagen de las cosas, así como con una reflexión sobre el destino final del alma. Por supuesto que, en el curso de las sucesivas discusiones, serán tratados en la República otros temas de no menor importancia en la obra de Platón, como ya hemos visto anteriormente (teoría de las Ideas, antropología, teoría del conocimiento).
El tema “¿Qué la justicia?”, se plantea, pues, en el libro primero, ofreciéndose diversas soluciones, según la opinión de los hombres buenos, la de los sofistas, etc., encargándose Sócrates, como es habitual en los diálogos platónicos, de demostrar las insuficiencias de las definiciones de justicia aportadas. Se plantea, entonces, la necesidad de encontrar un método que permita llegar a esa definición de un modo más preciso.
Sócrates recalca la necesidad de que la virtud, en este caso la justicia, sea común al hombre y a la ciudad; podríamos buscarla, por lo tanto, en uno y en otra; pero, dada la mayor magnitud de la ciudad deberá estar la justicia inscrita en ella con caracteres más gruesos que en el individuo y, por lo tanto, más fáciles de encontrar. Pero, como no hay ninguna ciudad conocida de la que realmente podamos decir que es justa, Sócrates propone la creación de una ciudad ideal: siendo una sociedad perfecta no podrá carecer de ninguna perfección y deberemos encontrar en ella la justicia.

LA SOCIEDAD IDEAL
¿Cómo sería, pues, la ciudad ideal? Dado que la ciudad debe existir para satisfacer las necesidades de los hombres, ya que estos no son independientes unos de otros ni autosuficientes para abastecerse, el primer fin que debe garantizar toda sociedad es un fin económico. Los hombres tienen diferentes capacidades y habilidades, siendo preferible que cada uno desarrolle las que posee por naturaleza, lo que introduce la división del trabajo en la organización de la sociedad. En una ciudad ideal deberán existir, por lo tanto, todo tipo de trabajadores: granjeros, carpinteros, labradores, herreros, etc., de modo que todas las necesidades básicas queden garantizadas. En una ciudad ideal no puede faltar de nada. Sin embargo, continúa Sócrates, una sociedad que sólo atendiera las necesidades materiales básicas sería una sociedad demasiado dura, pues el hombre necesita también satisfacer otras tendencias de su naturaleza, relacionadas con el arte, la poesía, la diversión en general, etc.. El fin de la ciudad, que comienza siendo estrictamente económico, no se limita a la producción de bienes, sino que se encamina más bien a hacer posible una vida feliz para el hombre. A medida que la sociedad aumenta en número de ciudadanos, los recursos necesitan ser ampliados, lo que puede dar lugar a la conquista de territorios vecinos para satisfacer las necesidades de todos, conduciendo a la guerra; pero, si seguimos el mismo principio de división del trabajo tendrá que haber especialistas en la guerra, que sean los encargados exclusivamente de las actividades bélicas, a los que Sócrates llamará guardianes de la ciudad. Falta todavía algo en esta ciudad ideal: determinar quiénes serán los encargados de gobernarla. A la clase de los artesanos y de los guardianes hemos de añadir una tercera clase: la de los gobernantes. Estos serán elegidos entre los mejores de los guardianes, que serán llamados desde entonces "auxiliares", reservando el de guardianes, para la clase de los gobernantes.
Del análisis de las necesidades sociales, que debe cubrir una sociedad ideal, deduce Sócrates, pues, la necesaria existencia de tres clases sociales: la de los artesanos, la de los guerreros o auxiliares y la de los gobernantes o guardianes. Pero, cada una de estas clases ha de tener unas características distintas a las que poseen en la sociedad actual, dice Sócrates. La clase de los artesanos, que generalmente realiza las actividades productivas, pero no obtiene los beneficios económicos de su producción, lo que es fuente de conflictos, ha de ser en la ciudad ideal la poseedora de la riqueza; del mismo modo será la única clase que tenga derecho a la propiedad privada y a la familia y ha de permitírsele disfrutar de los goces materiales que derivan de la posesión de la riqueza.
La clase de los guerreros o auxiliares, por el contrario, no puede tener acceso la riqueza, para evitar la tentación de defender sus intereses privados en lugar de los intereses colectivos y terminar utilizando la fuerza contra los ciudadanos; estarán desprovistos de propiedad privada y tampoco tendrán familia, debiendo vivir en unos barracones en los que tengan todo lo necesario para realizar sus actividades, en los que vivirán de forma comunitaria, compartiéndolo todo, hombres y mujeres, pues no hay ninguna razón para excluir a las mujeres de ningún tipo de actividad, ya que tanto en el hombre como en la mujer se encuentran similares dones o cualidades naturales, igualmente útiles para la ciudad. Tampoco la clase de los verdaderos guardianes, o gobernantes, tendrá acceso a la propiedad privada ni a la familia, debiendo velar únicamente por el buen gobierno de la ciudad; deberán centrarse en el estudio a fin de conocer lo bueno para gobernar adecuadamente la ciudad, por lo que su vida estará alejada de todas las comodidades innecesarias para cumplir su función ¿Cómo se determinará quiénes han de pertenecer a una u otra de estas clases sociales? Será necesario para ello establecer un proceso educativo en el curso del cual se podrá determinar qué tipo de naturaleza tiene cada hombre y, por lo tanto, a qué clase social ha de pertenecer. Aquí Sócrates establece una comparación entre la naturaleza del Estado y la naturaleza del individuo: del mismo modo que en el estado encontramos tres clases sociales, encontramos en el individuo tres partes del alma, correspondiéndole una virtud a cada una de ellas.
El paralelismo entre la moral individual y la moral del Estado permite establecer que la virtud que corresponde a cada clase social ha de corresponder a los individuos que la constituyen. La virtud de la clase de los artesanos es la templanza, es decir, el disfrute con moderación de los bienes materiales; la virtud propia de la clase de los guerreros o auxiliares es la valentía o coraje y la virtud propia de los verdaderos guardianes gobernantes es la sabiduría. Ahora bien, estas tres virtudes pertenecen, cada una de ellas, a una parte del alma: la sabiduría al alma racional, la valentía al alma irascible y la templanza al alma concupiscible. Aquellos en quienes domine el alma racional han de pertenecer, por lo tanto, a la clase de los verdaderos guardianes o gobernantes; en quienes predomine el alma irascible, a la clase de los guerreros o auxiliares y en quienes predomine el alma concupiscible, a la clase de los artesanos. Habiendo determinado la virtud que corresponde a cada clase social, estaremos en condiciones de determinar en qué puede consistir la justicia en la ciudad ideal: la justicia consistirá, no pudiéndose identificar con la sabiduría, ni con el coraje, ni con la templanza, en que cada clase social (y cada ciudadano) se ocupe de la tarea que le corresponde. La injusticia consistirá en la injerencia arbitraria de una clase social en las funciones de otra: que los auxiliares o los artesanos pretendan gobernar, por ejemplo:

Correspondencia entre las clases sociales, tipos de alma
y virtudes
Clase social
Tipo de alma
Virtud
Gobernantes
Racional
Sabiduría
Guerreros
Irascible
Coraje
Artesanos
Concupiscible
Templanza

Si la pertenencia a una clase social viene determinada por la naturaleza del alma y no por herencia, una sociedad tal ha de dar una importancia primordial a la educación. Será, en efecto, a través de ese proceso educativo como se seleccionen los individuos, que han de pertenecer a cada clase social, en función de su tipo de alma y qué tipo de educación ha de recibir cada individuo, en función de la clase social a la que deba pertenecer. En la República establece Platón detalladamente el programa de estudios que debería imperar en la ciudad ideal, haciendo especial hincapié en la educación de los gobernantes. Todos los niños y niñas deberían recibir inicialmente la misma formación. Platón considera que la educación recibida en los primeros años de la vida es fundamental para el desarrollo del individuo, por lo que en la ciudad ideal nadie ha de ser privado de ella, ni en razón de su sexo ni por ninguna otra causa. El proceso educativo tiene, al mismo tiempo que un objetivo formativo, la misión de determinar qué tipo de alma predomina en cada individuo, es decir, su naturaleza, en virtud de la cual formará parte de una u otra clase social.


LECTURA Nº 9: ARISTÓTELES Y LA DEMOCRACIA


Aristóteles, filósofo griego nacido en la ciudad de Estagira, Macedonia, vivió entre los años 384 a 322 a. de C. Fue alumno de Platón y fundador del Liceo o Escuela Peripatética. Maestro y guía de Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia, conocido como Alejandro Magno.
Fue un gran crítico de la política de su tiempo. Percibió el profundo deterioro que existía en las instituciones políticas griegas, especialmente la democracia. Una larga estancia en Atenas, le permitió conocer las bacterias que corroían el sistema democrático ateniense. Apegado a las más lejanas tradiciones de justicia e igualdad –ya casi olvidadas en su época- elabora una teoría política tendiente a sanear el deterioro; política que debía ser de fácil ejecución y no ideal, porque sabía que las ideas tienen que encarnarse en la praxis para transformar la realidad social.
La producción intelectual ateniense de la antigüedad buscaba la conformación de una sociedad equilibrada y justa, más humana, pero esta producción surge, precisamente, para replantearse una realidad que desdecía los principios de la convivencia comunitaria. El vasto imperio que Atenas había logrado controlar a expensas del sometimiento y la injusticia, fue creando una conciencia colectiva de casi legitimación de la agresión y la explotación. Los primeros intentos de justicia democrática, como los de Solón (640-558 a. de C.) y Pisístrato (600 – 527 a. de C.) formaban parte del pasado glorioso de la floreciente ciudad.
Siguiendo a Massimo Venturi ( 1979. “Aristóteles y la cuestión de la democracia”), Aristóteles era conocedor de la apropiación de los principios de la isonomía por parte de la democracia ateniense; de allí que no separe un concepto del otro: democracia es aquel estado donde todos los ciudadanos son iguales ante la ley (isonomía), donde hay también igualdad para participar en los negocios públicos (isegoría), así del poder (isocratía).
Dentro de la democracia ateniense que le toca vivir, el espacio ganado por las luchas reivindicativas de las clases populares –entiéndase sin derechos ciudadanos, pues sólo eran ciudadanos los nacidos griegos y poseedores de riquezas- se tornan en momentos violentos y apasionados que sustentaban el imperialismo ateniense, creándose una alianza del democratismo con el imperialismo y la violencia. Esta actitud, según Ventura, crea en la democracia ateniense un repliegue de los espíritus ilustrados y una negación a la aproximación al pueblo, porque aún se creían superiores al vulgo inculto y apasionado y también porque no supieron captar las necesidades de la doctrina de la comunidad humana y de la justicia, la ineficaz dirección del estado ateniense, el descuido en los servicios públicos, derroches en la administración, discusiones estériles de la asamblea, cuyas decisiones en nada ayudaban a las necesidades del pueblo, distribución injusta de las riquezas, un pueblo alcahuete que vivía a costa del erario público, buscando aquí y allá beneficio particular, sacrificando el común, pérdida de la tradición. En síntesis, la pérdida de ideales y prácticas que distinguieron a la ciudad-estado y que se fueron diluyendo y con ello las posibilidades de instaurarse la libertad.
La teoría política de Aristóteles es una teoría moral. Piensa que el Estado se forma, en primer término, para un fin moral y no solamente para satisfacer las necesidades materiales. Los conceptos de igualdad y justicia son el hilo conductor de su ideal, de su “Política”, igualdad y justicia que debe estar basada en la ley y la areté (virtud), la moral y la ética como consecuencia de la virtud. En las democracias, donde la ley gobierna no hay demagogia; pero, cuando la ley ya no es soberana aparecen los demagogos del pueblo, de modo, pues, que para que exista un buen gobierno es necesario obedecer a la ley y que la ley obedecida esté fundada en la razón. En la democracia, la igualdad exige que los pobres no tengan más poder que los ricos, que no sean los pobres los únicos soberanos, sino que la soberanía se ejerza en el justo equilibrio de fuerzas, que la decisión de unos y otros cuente, que los dos sectores sean ley, porque la democracia sustentada en la igualdad y fundada en la ley es la mejor. Al igual que Platón, la democracia no es para Aristóteles el mejor sistema, pero si existe debe ser sana y justa.
A la luz de estas observaciones, Aristóteles consideró degenerada a la democracia de su época, es decir, demagógica, un gobierno de fácil sustentación, alegando que el basamento de la ley era necesario. Porque a los seres humanos no les gusta el orden ni la disciplina y rechazan una vida ordenada y regular.
Aristóteles ve en la riqueza producto del mercantilismo, la cual considera no natural, un canal por donde se cuelan los males y la inestabilidad. Nos dice Ventura, que esta aseveración la hace Aristóteles, porque ve que de la disgregación de la polis nacen, al mismo tiempo, imperialismo y acumulación. De allí que la acumulación monetaria (hoy decimos de capital) sea materialmente dañina, porque está presente en él el ideal autogestionario (hoy diremos endógeno) de las polis soberanas; ideal que se pierde en la democracia ateniense del siglo IV, porque en ella se encarnó la nación, disgregando la capacidad colectiva de autosuficiencia económica; la nación ayuda a sus integrantes a vivir, pero no a vivir bien, como en la polis.